A la mañana siguiente amanecí con mal cuerpo. Había
soñado con mi propia muerte, con que salía en las noticias mi fallecimiento y
que nadie encontraba pruebas del por qué.
Me lavé con agua fría un par de veces la cara para despejarme, y después
de un par de suspiros y de un “Tranquila, solo ha sido una sueño”, me sosegué.
Esa mañana bajé en el ascensor y me encontré con mi
vecina del cuarto recogiendo su correo del buzón. Ella, con kilos y kilos de
maquillaje encima y cincuenta años en la espalda, despegó su mirada de aquel
montón de folletos de publicidad y cartas.
— Buenos
días. — sonrió haciendo que aquellas arrugas enternecieran su rostro.
— Buenos
días. — respondí, pero algo no encajaba — Oiga, hace días que no veo por aquí a
Diego.
A la mujer se le congeló la sonrisa.
— ¿No
te has enterado?
— ¿De
qué?
— Falleció
la semana pasada. Salió incuso en las noticias. Aún no se sabe por qué.
No tenía mucha relación con aquel señor, pero su amable
sonrisa siempre hizo que fuese a clase de buen humor, y el suceso me dolió.
Pero lo que más me impactó fue que no había pruebas de la muerte. Estaba muy
asustada. Mucho. Un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo.
— Vaya,
era un buen hombre.
— Lo
era, cariño.
— Bueno,
tengo que irme. Que pase un buen día.
Salí del portal y me coloqué los auriculares del
mp4. Necesitaba desconectar un poco.
Esa mañana en la cafetería del instituto me puse a
la cola para comprar el almuerzo. Manu y Adri, el otro “pacífico” del grupo,
entraron allí. El chico de los ojos bonitos, tan pronto como me vio, vino hacia
mí. Se colocó a mi derecha y ambos cogimos una de bandeja que fuimos desplazando a lo largo
de la barra.
— Hola.
— susurró, pero no obtuvo respuesta. — ¿Sigues enfadada por lo de ayer?
— Sí.
— Lo
siento.
Yo me volví hacia él y vi que no bromeaba, pero
tampoco se le veía muy apenado. Parecía que daba por hecho que dejaría pasar
por alto su estupidez. Cogí una manzana y un zumo, pero él me colocó una
pequeña magdalena en mi bandeja. Lo miré confusa.
— Un
dulce no te hará daño. ¿Por qué lo evitas?
Yo sonreí. El físico era algo que, desafortunadamente,
me importaba demasiado, y no habituaba a alimentarme de bollería industrial y
ese tipo de grasas, a excepción de malas épocas en las que necesitaba comer a
todas horas.
— ¿No
te da cosa que te vean hablando conmigo? — contraataqué.
— ¿Y
a ti? — me sorprendió. No supe contestar.
Pagué mi desayuno y Manu dejó su bandeja vacía en su
sitio. Fui en dirección a la mesa de las chicas, pero él me frenó.
— Oye,
Raquel, siento lo de ayer. No estés así conmigo.
— Me
molestó que te rieses de mí.
— Sí,
la he cagado. Ya te he pedido perdón.
— ¿Qué
quieres de mí?
— Es
que… Tenías razón.
— ¿En
qué?
— Sabes
la respuesta. No me obligues a decírtela.
— No,
no la sé.
Sí que la sabía, pero su orgullo merecía llevarse un
buen palo. Manu resopló mirando hacia un lado y observando que había demasiada
gente aquel día en el comedor.
— Que
te necesito para estudiar.
— ¿Cómo
dices? Hablas muy bajo.
Se aclaró la garganta y lo repitió.
— ¿Te
da vergüenza hablar? Es que sigo sin oírte.
— Que
te necesito, joder.— casi gritó. Una pequeña parte del comedor se volvió hacia
nosotros y nos prestó atención. — … Para estudiar. — finalizó azorado echando
el peso sobre su otra pierna y fingiendo una sonrisa.
— Vaya,
ahora sí. — y partí de nuevo a mi mesa.
Manu, muy cabreado ante mi actuación y su pequeña
humillación, buscó a Adri y salieron de la cafetería.
— ¿Qué
te traes con esa tía?
— Nada.
— Seguro.
Fijo que la noche del viernes te la llevaste a…
— ¿Te
han dado cuerda, o qué? — lo interrumpió enfadado.
Las chicas cuchicheaban y callaron justo cuando
llegué a ellas.
— ¿Qué
hacías hablando con ese capullo? — escupió Victoria.
— Oh,
nada interesante. Ignóralo.
No hablaron mucho durante el almuerzo. Sabía que
cuando me levantase de la mesa empezarían a ponerme verde, así que terminé
rápido y me fue de allí. De camino a clase devoré la magdalena saboreando cada
bocado, y le di las gracias a Manu en mi cabeza.
Por la tarde fui pronto a casa de Manu, al cual le
sorprendió mi visita.
— Perdón
por lo de esta mañana. — dije aún riéndome.
— ¿Sabes?
Da igual, yo fui un gilipollas ayer.
— Sí,
claro. No se te nota muy convencido de lo que dices.
— No,
la verdad no lo estoy del todo, pero en parte tengo yo la culpa.
— Vaya,
un signo de madurez.
— Qué
va, soy un niñato.
Aquella tarde la aprovechamos al máximo. En verdad
la historia no se le daba tan mal, pero parecía que sólo le costaba
concentrarse. A cada punto que estudiábamos le sacaba un comentario ingenioso que
le serviría para recordarlo mejor.
En un momento de la tarde se levantó y cogió un pequeño
cubo de muchos colores.
— ¿Lo
sabes hacer?
— Ponme
a prueba.
— No,
ahora no. Cuando terminemos. Cuéntame qué pasó entonces con Isabel II.
— Como
mandes…
Empezó a hablar y a hablar a la vez que sus dedos
hacían girar el cubo de Rubik. Parecía que sus labios y sus manos estuvieran bailando
un vals. Intenté disimular mi asombro. Pero lo más sorprendente fue que, justo
pronunciar su última palabra, terminó el cubo. Fue alucinante y llamó mucho mi atención. No hacía más que sorprenderme. Tal era el panorama que solo eran las siete de la tarde y ya habíamos terminado.
Manu me acompañó un tramo del camino porque tenía que acercarse a casa
de un amigo. Fui feliz pensando que quizás estaba ganando una nueva amistad.
Una nueva y única amistad. Embobada en mis pensamientos no me di cuenta de que
unos curiosos ojos me vieron aquella tarde.
A la mañana siguiente, Marina me secuestró durante
unos minutos en el intercambio de clase.
— ¿Qué
pasa?
— Tú
sabrás.
— No,
no lo sé. — empezaba a asustarme su seriedad.
— ¿Qué
estuviste haciendo ayer?
— Estudiar,
¿por qué?
— Venga,
tía. — y me sonrió coqueta y curiosa. — te vi con el peor enemigo de Vic.
Mierda.
— ¿Qué?
¿Cuándo? — exclamé sorprendida.
— ¡No
te pongas así! ¿Es que estáis liados?
— ¡No!
Solo somos… Compañeros de estudio. – no supe decirle qué éramos.
— Ya,
ya… Tengáis lo que tengáis no me gusta nada que te hayas dejado de relacionar
conmigo.
Tenía toda la razón. Era la que siempre me cayó
mejor del grupo. La más inteligente de las tres, por así decirlo. Y me alegró
saber que me echaba un poco de menos.
— Hace
mucho que no tenemos una tarde de las nuestras. — le insinué.
— ¿Café
esta tarde?
— A
las cuatro donde siempre.
Por la tarde fui a la cafetería del famoso trenecito
hallado en el techo y que se dedicaba a rondar por todo el local durante horas
y horas, sin obstáculos que lo parase.
— Hola,
¿cómo estás? — dije dándole dos besos.
— Ahí
vamos, cielo.
Nos sentamos en una pequeña mesita y pedimos los
cafés.
— Oye,
Marina, siento haberme distanciado. Es que ahora mismo estoy muy centrada en
estudiar.
— No
te preocupes. Las otras dos no sé si lo han notado mucho, pero yo te aseguro
que sí. — dio un trago al café. — Estás algo cambiada.
— Ya,
bueno.
— Venga,
puedes confiar en mí.
— No
es nada, solo que no…
— ¿No…?
— No
me siento a gusto siendo así.
— Se
te nota, cielo.
— ¿Vic
y Rocío han dicho algo?
— Últimamente
te han puesto algo verde, para qué nos vamos a engañar. — contestó con dureza.
Pero no fue algo que me sorprendiera.
— Genial.
— dije irónicamente.
— Ignóralas.
Están muy totas también ellas.
— ¿Alguna
novedad?
— Qué
va, lo de siempre. Victoria sigue dejándonos a Rocío y a mí sin posibilidades
de ligar, porque se los lleva a todos pero luego no se queda con ninguno. Y
Rocío es una lame culos.
No pude evitar una tímida carcajada.
— Lo
es.
— Pero
bueno, es lo que hay. ¿Y tú qué? Cuéntame lo de Manu.
— No
te he mentido, no es nada.
— ¿Desde
cuándo os juntáis?
— Desde
hace un par de días. Se le da mal estudiar y quiere terminar bachillerato de
una vez por todas. Me pidió ayuda. Nada más.
— Pues
es muy guapo.
Marina. Esa chica consiguió que me enamorase del
capullo más grande del instituto hace un año. No volvería a caer esta vez con
sus paranoias.
— Bueno,
del montón, diría yo.
— No
me gusta como viste, pero me lo imagino en traje y… Me acostaría con él.
— Estás
chalada.
— U
hormonada.
— Probablemente
sea eso.
— No,
en serio. Hacéis buena pareja.
— Marina,
para.
— ¿Por
qué?
— Eso
mismo me decías con Jaime y mira cómo terminó todo.
— ¡Erais
una monada! — su voz se hizo chillona e insoportable.
— No
digas estupideces. Ahora le miro a la boca y me da asco.
— Ahora
tú estás diciendo estupideces. Además, déjame terminar. Manu no te conviene en
verdad. Ya sabes que dicen las malas lenguas que le gusta más el sexo que a un
tonto un lápiz. Y Jaime te compraba todo lo que querías, cosa que Manu dudo que
pueda hacer.
— ¿Qué
insinúas con eso?
— Nada,
solo era un comentario.
— Sus
regalos no valían nada.
— Oh,
cariño, te aseguro que valían una pasta.
— Manu
es mucho más dulce que Jaime. — confesé orgullosa.
— Estás
de broma, ¿no?
— No.
Ella estalló en una risa incontrolada.
— Te
gusta Manu.
— Qué
pesadita estás hoy, madre mía…
Cambié de tema en cuanto tuve la oportunidad.
Después de una hora volví a casa y de camino me comí la cabeza pensando en la
conversación de aquella tarde. Genial, Marina ganaba de nuevo. Odiaba esa
estúpida faceta suya de emparejarme con gente con simple palabrería.
La verdad es que era guapo, pero no era para nada mi
tipo. Además de lo mujeriego que era. O eso decían. Maldita Marina.
En el recreo del día siguiente Manu vino a verme y
me llevó detrás del instituto donde apenas había nadie. Cruzamos una esquina
donde nadie nos vería y me abrazó durante dos escaso segundos que parecieron
fugaces.
— Gracias,
tía. Eres cojonuda.
— Explícame
por qué.
— He
sacado un ocho en el examen de historia.
— ¡Me
alegro un montón!
— Y
yo. — y agachó la cabeza tímido.
Volvió a alzar la cabeza y me fijé en sus verdosos
ojos. Me estremecí al recordar las palabras de Marina. “Estás algo cambiada”,
“Manu es guapo, pero no te conviene”. Quizás era mi momento para divertirme un
poco.
— ¿Necesitas
que te siga ayudando o estás motivado para seguir tú solo?
— Quizás
pueda solo. Pero prefiero hacerlo contigo. Me caes bien, enana. — dijo
revolviéndome el pelo.
— No
vuelvas a hacer eso en tu vida.
— Si
es que eres muy mona. — dijo cogiéndome de los mofletes.
— ¡Manu!
Él paró mientras se reía. Apoyó su espalda en la
pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Sin saber muy bien qué hacer, me
senté a su lado al tiempo que me acicalaba el pelo.
— No
entiendo por qué eres así. — él no
habló, se quedó mirándome y empezaba a intimidarme, por lo que desvié la
mirada. — Por qué pareces un idiota a ratos y otras no. La gente habla mal de
ti.
— Ese
es el problema. La gente. Si ya me critican sin conocerme, imagínate si me
conociesen de verdad.
— Eso
es una tontería. ¿Temes a lo que la gente opine de ti?
— Para
nada. Pero para tener un vínculo con una persona, debes conocerla de verdad.
Por eso no me muestro tal y como soy con cualquiera que pase. Odio muchísimo
esas personas que te sonríen a la cara y te patean a las espaldas. Sí, claro
que a nadie le gusta eso, pero tampoco se esfuerzan en evitarlo por su parte.
Cada día el mundo es más hipócrita, y prefiero decirle a Victoria lo zorra que
es a darle los buenos días por educación.
Me quedé un instante observándolo. Llevaba muchísima
razón. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo acompañado de un mechero, posó un
cigarrillo sobre sus labios y lo encendió.
Sus labios eras gruesos y tan apetecibles…
Manu me sacó de mi ensueño ofreciéndome un cigarro,
pero le negué rotundamente con la cabeza como si fuera obvio que no lo hacía.
Obtuve una media sonrisa como respuesta.
— Me
resulta interesante tu forma de pensar. — le confesé.
— Gracias,
supongo… — no supo muy bien que contestar. Acto seguido le dio una calada a
aquel insignificante cigarrillo que tan sexy lo hacía. Su castaño pelo
revuelto, como siempre, bailaba al ritmo del aire y contagiaba al mío. — Los
chicos — hizo una pausa para sonreír — no hacen más que preguntarme dónde me
meto.
— Ayer
quedé con Marina y me dijo que nos vio juntos. Me preguntó que qué me traía
entre manos.
— ¿Le
dijiste que eres profesora particular o que te lo montas con el enemigo de
Victoria?
— Que
me lo monto con él.
— Hm,
qué mal mientes. Y ya te gustaría.
— Ah,
¿sí? ¿Y tú qué le dijiste a tus amigos?
— Ninguna
de las dos. — dio otra calada — Sólo que probablemente me lo vaya a montar con
ella.
— Te
veo demasiado seguro de ello.
— Entonces
es porque miento mejor que tú.