domingo, 15 de diciembre de 2013

Capítulo III

A la mañana siguiente amanecí con mal cuerpo. Había soñado con mi propia muerte, con que salía en las noticias mi fallecimiento y que nadie encontraba pruebas del por qué.  Me lavé con agua fría un par de veces la cara para despejarme, y después de un par de suspiros y de un “Tranquila, solo ha sido una sueño”, me sosegué.
Esa mañana bajé en el ascensor y me encontré con mi vecina del cuarto recogiendo su correo del buzón. Ella, con kilos y kilos de maquillaje encima y cincuenta años en la espalda, despegó su mirada de aquel montón de folletos de publicidad y cartas.
    Buenos días. — sonrió haciendo que aquellas arrugas enternecieran su rostro.
    Buenos días. — respondí, pero algo no encajaba — Oiga, hace días que no veo por aquí a Diego.
A la mujer se le congeló la sonrisa.
    ¿No te has enterado?
    ¿De qué?
    Falleció la semana pasada. Salió incuso en las noticias. Aún no se sabe por qué.
No tenía mucha relación con aquel señor, pero su amable sonrisa siempre hizo que fuese a clase de buen humor, y el suceso me dolió. Pero lo que más me impactó fue que no había pruebas de la muerte. Estaba muy asustada. Mucho. Un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo.
    Vaya, era un buen hombre.
    Lo era, cariño.
    Bueno, tengo que irme. Que pase un buen día.
Salí del portal y me coloqué los auriculares del mp4. Necesitaba desconectar un poco.
Esa mañana en la cafetería del instituto me puse a la cola para comprar el almuerzo. Manu y Adri, el otro “pacífico” del grupo, entraron allí. El chico de los ojos bonitos, tan pronto como me vio, vino hacia mí. Se colocó a mi derecha y ambos cogimos una  de bandeja que fuimos desplazando a lo largo de la barra.
    Hola. — susurró, pero no obtuvo respuesta. — ¿Sigues enfadada por lo de ayer?
    Sí.
    Lo siento.
Yo me volví hacia él y vi que no bromeaba, pero tampoco se le veía muy apenado. Parecía que daba por hecho que dejaría pasar por alto su estupidez. Cogí una manzana y un zumo, pero él me colocó una pequeña magdalena en mi bandeja. Lo miré confusa.
    Un dulce no te hará daño. ¿Por qué lo evitas?
Yo sonreí. El físico era algo que, desafortunadamente, me importaba demasiado, y no habituaba a alimentarme de bollería industrial y ese tipo de grasas, a excepción de malas épocas en las que necesitaba comer a todas horas.
    ¿No te da cosa que te vean hablando conmigo? — contraataqué.
    ¿Y a ti? — me sorprendió. No supe contestar.
Pagué mi desayuno y Manu dejó su bandeja vacía en su sitio. Fui en dirección a la mesa de las chicas, pero él me frenó.
    Oye, Raquel, siento lo de ayer. No estés así conmigo.
    Me molestó que te rieses de mí.
    Sí, la he cagado. Ya te he pedido perdón.
    ¿Qué quieres de mí?
    Es que… Tenías razón.
    ¿En qué?
    Sabes la respuesta. No me obligues a decírtela.
    No, no la sé.
Sí que la sabía, pero su orgullo merecía llevarse un buen palo. Manu resopló mirando hacia un lado y observando que había demasiada gente aquel día en el comedor.
    Que te necesito para estudiar.
    ¿Cómo dices? Hablas muy bajo.
Se aclaró la garganta y lo repitió.
    ¿Te da vergüenza hablar? Es que sigo sin oírte.
    Que te necesito, joder.— casi gritó. Una pequeña parte del comedor se volvió hacia nosotros y nos prestó atención. — … Para estudiar. — finalizó azorado echando el peso sobre su otra pierna y fingiendo una sonrisa.
    Vaya, ahora sí. — y partí de nuevo a mi mesa.
Manu, muy cabreado ante mi actuación y su pequeña humillación, buscó a Adri y salieron de la cafetería.
    ¿Qué te traes con esa tía?
    Nada.
    Seguro. Fijo que la noche del viernes te la llevaste a…
    ¿Te han dado cuerda, o qué? — lo interrumpió enfadado.

Las chicas cuchicheaban y callaron justo cuando llegué a ellas.
    ¿Qué hacías hablando con ese capullo? — escupió Victoria.
    Oh, nada interesante. Ignóralo.
No hablaron mucho durante el almuerzo. Sabía que cuando me levantase de la mesa empezarían a ponerme verde, así que terminé rápido y me fue de allí. De camino a clase devoré la magdalena saboreando cada bocado, y le di las gracias a Manu en mi cabeza.

Por la tarde fui pronto a casa de Manu, al cual le sorprendió mi visita.
    Perdón por lo de esta mañana. — dije aún riéndome.
    ¿Sabes? Da igual, yo fui un gilipollas ayer.
    Sí, claro. No se te nota muy convencido de lo que dices.
    No, la verdad no lo estoy del todo, pero en parte tengo yo la culpa.
    Vaya,  un signo de madurez.
    Qué va, soy un niñato.
Aquella tarde la aprovechamos al máximo. En verdad la historia no se le daba tan mal, pero parecía que sólo le costaba concentrarse. A cada punto que estudiábamos le sacaba un comentario ingenioso que le serviría para recordarlo mejor.
En un momento de la tarde se levantó y cogió un pequeño cubo de muchos colores.
    ¿Lo sabes hacer?
    Ponme a prueba.
    No, ahora no. Cuando terminemos. Cuéntame qué pasó entonces con Isabel II.
    Como mandes…
Empezó a hablar y a hablar a la vez que sus dedos hacían girar el cubo de Rubik. Parecía que sus labios y sus manos estuvieran bailando un vals. Intenté disimular mi asombro. Pero lo más sorprendente fue que, justo pronunciar su última palabra, terminó el cubo. Fue alucinante y llamó mucho mi atención. No hacía más que sorprenderme. Tal era el panorama que solo eran las siete de la tarde y ya habíamos terminado.
Manu me acompañó un tramo del camino porque tenía que acercarse a casa de un amigo. Fui feliz pensando que quizás estaba ganando una nueva amistad. Una nueva y única amistad. Embobada en mis pensamientos no me di cuenta de que unos curiosos ojos me vieron aquella tarde.
A la mañana siguiente, Marina me secuestró durante unos minutos en el intercambio de clase.
    ¿Qué pasa?
    Tú sabrás.
    No, no lo sé. — empezaba a asustarme su seriedad.
    ¿Qué estuviste haciendo ayer?
    Estudiar, ¿por qué?
    Venga, tía. — y me sonrió coqueta y curiosa. — te vi con el peor enemigo de Vic.
Mierda.
    ¿Qué? ¿Cuándo? — exclamé sorprendida.
    ¡No te pongas así! ¿Es que estáis liados?
    ¡No! Solo somos… Compañeros de estudio. – no supe decirle qué éramos.
    Ya, ya… Tengáis lo que tengáis no me gusta nada que te hayas dejado de relacionar conmigo.
Tenía toda la razón. Era la que siempre me cayó mejor del grupo. La más inteligente de las tres, por así decirlo. Y me alegró saber que me echaba un poco de menos.
    Hace mucho que no tenemos una tarde de las nuestras. — le insinué.
    ¿Café esta tarde?
    A las cuatro donde siempre.
Por la tarde fui a la cafetería del famoso trenecito hallado en el techo y que se dedicaba a rondar por todo el local durante horas y horas, sin obstáculos que lo parase.
    Hola, ¿cómo estás? — dije dándole dos besos.
    Ahí vamos, cielo.
Nos sentamos en una pequeña mesita y pedimos los cafés.
    Oye, Marina, siento haberme distanciado. Es que ahora mismo estoy muy centrada en estudiar.
    No te preocupes. Las otras dos no sé si lo han notado mucho, pero yo te aseguro que sí. — dio un trago al café. — Estás algo cambiada.
    Ya, bueno.
    Venga, puedes confiar en mí.
    No es nada, solo que no…
    ¿No…?
    No me siento a gusto siendo así.
    Se te nota, cielo.
    ¿Vic y Rocío han dicho algo?
    Últimamente te han puesto algo verde, para qué nos vamos a engañar. — contestó con dureza. Pero no fue algo que me sorprendiera.
    Genial. — dije irónicamente.
    Ignóralas. Están muy totas también ellas.
    ¿Alguna novedad?
    Qué va, lo de siempre. Victoria sigue dejándonos a Rocío y a mí sin posibilidades de ligar, porque se los lleva a todos pero luego no se queda con ninguno. Y Rocío es una lame culos.
No pude evitar una tímida carcajada.
    Lo es.
    Pero bueno, es lo que hay. ¿Y tú qué? Cuéntame lo de Manu.
    No te he mentido, no es nada.
    ¿Desde cuándo os juntáis?
    Desde hace un par de días. Se le da mal estudiar y quiere terminar bachillerato de una vez por todas. Me pidió ayuda. Nada más.
    Pues es muy guapo.
Marina. Esa chica consiguió que me enamorase del capullo más grande del instituto hace un año. No volvería a caer esta vez con sus paranoias.
    Bueno, del montón, diría yo.
    No me gusta como viste, pero me lo imagino en traje y… Me acostaría con él.
    Estás chalada.
    U hormonada.
    Probablemente sea eso.
    No, en serio. Hacéis buena pareja.
    Marina, para.
    ¿Por qué?
    Eso mismo me decías con Jaime y mira cómo terminó todo.
    ¡Erais una monada! — su voz se hizo chillona e insoportable.
    No digas estupideces. Ahora le miro a la boca y me da asco.
    Ahora tú estás diciendo estupideces. Además, déjame terminar. Manu no te conviene en verdad. Ya sabes que dicen las malas lenguas que le gusta más el sexo que a un tonto un lápiz. Y Jaime te compraba todo lo que querías, cosa que Manu dudo que pueda hacer.
    ¿Qué insinúas con eso?
    Nada, solo era un comentario.
    Sus regalos no valían nada.
    Oh, cariño, te aseguro que valían una pasta.
    Manu es mucho más dulce que Jaime. — confesé orgullosa.
    Estás de broma, ¿no?
    No.
Ella estalló en una risa incontrolada.
    Te gusta Manu.
    Qué pesadita estás hoy, madre mía…
Cambié de tema en cuanto tuve la oportunidad. Después de una hora volví a casa y de camino me comí la cabeza pensando en la conversación de aquella tarde. Genial, Marina ganaba de nuevo. Odiaba esa estúpida faceta suya de emparejarme con gente con simple palabrería.
La verdad es que era guapo, pero no era para nada mi tipo. Además de lo mujeriego que era. O eso decían. Maldita Marina.
En el recreo del día siguiente Manu vino a verme y me llevó detrás del instituto donde apenas había nadie. Cruzamos una esquina donde nadie nos vería y me abrazó durante dos escaso segundos que parecieron fugaces.
    Gracias, tía. Eres cojonuda.
    Explícame por qué.
    He sacado un ocho en el examen de historia.
    ¡Me alegro un montón!
    Y yo. — y agachó la cabeza tímido.
Volvió a alzar la cabeza y me fijé en sus verdosos ojos. Me estremecí al recordar las palabras de Marina. “Estás algo cambiada”, “Manu es guapo, pero no te conviene”. Quizás era mi momento para divertirme un poco.
    ¿Necesitas que te siga ayudando o estás motivado para seguir tú solo?
    Quizás pueda solo. Pero prefiero hacerlo contigo. Me caes bien, enana. — dijo revolviéndome el pelo.
    No vuelvas a hacer eso en tu vida.
    Si es que eres muy mona. — dijo cogiéndome de los mofletes.
    ¡Manu!
Él paró mientras se reía. Apoyó su espalda en la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo. Sin saber muy bien qué hacer, me senté a su lado al tiempo que me acicalaba el pelo.
    No entiendo por qué eres así.  — él no habló, se quedó mirándome y empezaba a intimidarme, por lo que desvié la mirada. — Por qué pareces un idiota a ratos y otras no. La gente habla mal de ti.
    Ese es el problema. La gente. Si ya me critican sin conocerme, imagínate si me conociesen de verdad.
    Eso es una tontería. ¿Temes a lo que la gente opine de ti?
    Para nada. Pero para tener un vínculo con una persona, debes conocerla de verdad. Por eso no me muestro tal y como soy con cualquiera que pase. Odio muchísimo esas personas que te sonríen a la cara y te patean a las espaldas. Sí, claro que a nadie le gusta eso, pero tampoco se esfuerzan en evitarlo por su parte. Cada día el mundo es más hipócrita, y prefiero decirle a Victoria lo zorra que es a darle los buenos días por educación.
Me quedé un instante observándolo. Llevaba muchísima razón. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo acompañado de un mechero, posó un cigarrillo sobre sus labios y lo encendió.
Sus labios eras gruesos y tan apetecibles…
Manu me sacó de mi ensueño ofreciéndome un cigarro, pero le negué rotundamente con la cabeza como si fuera obvio que no lo hacía. Obtuve una media sonrisa como respuesta.
    Me resulta interesante tu forma de pensar. — le confesé.
    Gracias, supongo… — no supo muy bien que contestar. Acto seguido le dio una calada a aquel insignificante cigarrillo que tan sexy lo hacía. Su castaño pelo revuelto, como siempre, bailaba al ritmo del aire y contagiaba al mío. — Los chicos — hizo una pausa para sonreír — no hacen más que preguntarme dónde me meto.
    Ayer quedé con Marina y me dijo que nos vio juntos. Me preguntó que qué me traía entre manos.
    ¿Le dijiste que eres profesora particular o que te lo montas con el enemigo de Victoria?
    Que me lo monto con él.
    Hm, qué mal mientes. Y ya te gustaría.
    Ah, ¿sí? ¿Y tú qué le dijiste a tus amigos?
    Ninguna de las dos. — dio otra calada — Sólo que probablemente me lo vaya a montar con ella.
    Te veo demasiado seguro de ello.
    Entonces es porque miento mejor que tú.