sábado, 18 de mayo de 2013

Capítulo II


Aquella noche no pegué ojo. Vi cómo las agujas del reloj giraban y giraban como una noria eterna. ¿Cómo sabía lo de la pesadilla? Me inquietaba bastante y solo pensaba en lo mucho que necesitaba hablar con él sobre ello.
Después de dos noches sin descansar, la tercera dormí como un tronco y, a la mañana siguiente, que era lunes, casi llego tarde a clase. Tras una pesada clase de física, en cuanto sonó la sirena del cambio de clase, salí la primera de allí y me apresuré dirigiéndome a la clase de 1ºC de bachillerato. Vi a Manu saliendo con el móvil en la mano sin percatarse de mi presencia. Al alzar su cabeza y verme justo al lado de él, pareció quedarse bloqueado.
    Hola, necesito hablar contigo.
    ¿Sobre qué? — dijo con desinterés.
    Ya lo sabes. No te hagas el loco.
El chico movió la cabeza mirando de derecha a izquierda y comprobando que no había mucha gente en esa zona del pasillo. Sacó un boli azul del bolsillo de sus vaqueros y cogió mi mano, gesto que provocó un ligero nerviosismo en mí. Posó la punta del bolígrafo sobre mi piel haciéndome cosquillas y escribió un número de teléfono.
    Llámame y quedamos cuando puedas. — y se esfumó.
Aquella mañana pareció no querer terminar nunca y llegué a casa sin ganas de comer. Allí estaba mi tía Marta con dos buenos platos de pollo.
    ¿Qué tal, chiqui?
    Bien, cansada. Hoy no tengo hambre, la verdad…
    Tienes que comer. No tengas ese pensamiento estúpido que tienen las adolescentes. Estarías horrible en los huesos, así que venga, aunque sea un poco, que hace tiempo que no estamos juntas. Además, me voy pronto que tengo cosas que hacer.
    De acuerdo…
Mientras vertía agua en mi vaso, escuché en las noticias de la televisión:
<<Se han producido dos extrañas muertes en la localidad de Jaén. Un hombre de 45 años y una joven de 19, cada uno en sus respectivas casas y sin indicios de haber sido asesinados. Los forenses no han obtenido pruebas sobre el origen de las muertes. Ninguno padecía enfermedades. Les estaremos informando más adelante. >>
Aquella noticia me dejo muy mal sabor de boca. Le pedí a mi tía que cambiase de canal y mantuvimos una conversación normal durante la comida.
Media hora después de terminar, me despedí de ella y fui a mi cuarto, tirándome en la cama. Esa tarde tenía que estudiar tecnología, pero la idea de hablar con Manu superaba con creces el primer plan. Así que, traicionando un poco a mi responsabilidad, cogí el móvil y marqué el número apuntado en el revés de mi mano. Antes de pulsar el botón verde de “llamar”, lo guardé en la agenda. Me daba algo de vergüenza llamarlo, por lo que le mandé un mensaje. A los dos minutos recibí uno de vuelta con la dirección de su casa. Algo en mi estómago empezó a agitarse. ¿Realmente podía fiarme de él? Aunque, al fin y al cabo, no parecía mala persona. Cogí mi mochila y salí de casa.
Vivía en un barrio humilde de calles algo estrechas. Al aproximarme a su portal vi que era un edificio estrecho, pero muy alto, de fachada marrón oscuro. Llamé al porterillo y sonó un tono muy irritante. Manu me abrió sin preguntar siquiera quién era. Subí las escaleras, ya que se trataba de un primer piso, y llamé al timbre. Manu abrió la puerta y con una sonrisa que no pensé que sacaría me dijo:
    Qué rápida. Pasa — y se hizo a un lado para que yo pasase.
    ¿Estamos solos o vives con alguien?
    Vivo solo. — contestó al tiempo que cerraba la puerta principal.
El piso era diminuto y cómodo. Conforme entrabas, a la izquierda encontrabas una pequeña y coqueta cocina con azulejos blancos y azules oscuros; a la derecha un comedor con muebles negros y rojos; en frente un corto pasillo que te llevaba a tres direcciones: a la izquierda su habitación, en frente un cuarto de baño, y a la derecha una habitación cerrada que deduje que utilizaría como trastero. Me sorprendió lo limpio y ordenado que tenía todo y lo bien que olía. Fue entonces cuando vi un claro ejemplo de no juzgar un libro por su portada.
Me llevó a su cuarto, que estaba lleno de posters musicales. Me llamó la atención que casi todos los que tenía colgados eran de mis grupos favoritos. Él se sentó en la cama y yo lo imité.
    Bueno, Raquel, habrás venido para algo.
    Sí, sí. — contesté rápidamente. Me había quedado embobada mirando sus paredes. Fue directa al grano. — Emm… Solo quería preguntarte cómo sabías lo de la pesadilla.
Él curvó su boca en forma de media sonrisa.
    Entonces, ¿era eso? ¿Una pesadilla?
    ¿Te estás riendo de mí?  — me ofendí. — No soy idiota. Lo dijiste muy serio. No pareció una simple casualidad.
    Vale, vale, no te pongas así. La verdad es que lo supuse en cuanto vi tu brazo.
    ¿Mi brazo?
    Sí. — me tomó de la muñeca remangándome la manga de la rebeca y dejando a la luz aquella horrible cicatriz curvada.
    ¿Qué tiene que ver esto con…? — me callé al ver que él se retiró la muñequera que llevaba en el antebrazo y mostró que tenía exactamente la misma cicatriz que la mía. Tardé unos segundos en reaccionar. No podía creerlo.
    Creo que ambos hemos tenido ese sueño y… Ninguno de los dos entiende por qué.
    Estoy muy confusa, Manu. Es prácticamente imposible una casualidad como esta.
    ¿De verdad crees que solo ha sido casualidad?
No imaginaba que su fuera a poner tan profundo, aunque en cierto modo parecía que se estaba quedando conmigo y mi inocencia. Le intenté buscar un sentido a todo aquello, pero no podía amarrar el  asunto por ningún lado. Apoyé mi brazo junto al suyo para volver a comprobar la similitud de aquellas marcas y eran iguales.
    Esto me da miedo.
    Y a mí. — confesó.
    ¿Conoces a alguien que le haya ocurrido?
    No. Sólo a ti. Si no fuese así, no estarías aquí ahora mismo.
Permanecimos unos segundos en silencio sin saber qué decir, hasta que me vino a la mente una duda que siempre tuve.
    Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
    Claro.
    Yo… ¿te caigo mal?
    ¿Cómo? – se extrañó — No te conozco a penas.
    No me refiero a eso. Siempre hay gente que, aunque no conozcas, o te parecen majos o no los tragas. ¿Dónde me situarías tú?
    La verdad duele. ¿Quieres saberlo?
    Con eso ya lo has dicho todo.
    No, no he terminado. No me caes mal, solo que… Eres rara.
    ¿Rara? — repetí con cara de pocos amigos.
    A ver, me explico. No rara de bicho raro, sino que te juntas con esas pijitas tontas cuando se ve de lejos que no pegas con ellas. Pones cara de pocos amigos cuando vas con ellas. ¿Por qué lo haces?
Aquella respuesta no me la imaginaba así y me dejó en blanco.
    Pues porque… Pensé que por juntarme con ellas no caía bien a la gente, y que me excluirían de cualquier grupo. — me sinceré.
    ¿Excluirte? Ni siquiera has intentado a integrarte en un grupo.
    A veces pienso que estoy mejor sola.
    Todos pensamos eso alguna vez, pero pocos lo sienten de verdad.
Vale, su actitud empezaba a asustarme y fascinarme al mismo tiempo. Decía cosas muy profundas, y no era esa imagen la que él solía dar por ahí. También observé que rara vez me miraba directamente a los ojos. Solía mirar al frente observando por el rabillo del ojo mis reacciones. Se mostraba tímido pero no tenía problemas a la hora de decir lo que pensaba.
    Vaya… — fue lo único que pude decir.
    ¿Y yo?
    ¿Tú qué? — cuestioné animada. Empezaba a sentirme a gusto con él.
    Si te caigo bien o no.
    Hombre… A decir verdad, eres raro.
    Qué original.
    Tampoco te pega tu personalidad con el grupo en el que estás.
    Son buena compañía si te llevas bien con ellos. Además, me gusta que me respeten, y con ellos sin duda el respeto lo tengo garantizado.
    Y el miedo.
    Venga, Raquel, yo no doy miedo a nadie. ¿A quién quieres engañar?
    Así que lo haces por la imagen. — concluí.
    No. No es exactamente la imagen. No sé cómo explicarlo.
    Pues ya me lo contarás en otro momento.
Me levanté de la cama pero Manu me detuvo.
    ¿Ya te vas?
    Bueno, pensaba venir a preguntarte sobre lo de las pesadillas. Pero ya que está todo zanjado y sin respuestas, tengo que ir a la biblioteca a estudiar.
    ¿Con quién vas? — curioseó mientras él también se ponía en pie.
    Con… Nadie. Voy sola.
    ¿Vas siempre allí a estudiar sola?
    Llevo una semana yendo. Sí.
    ¿No prefieres quedarte en tu casa?
    ¿Qué más te da? Eres un cotilla.
    Dime, ¿son los vecinos que no te dejan estudiar? Mi vecina de arriba se pasa el día con los tacones puestos. Juraría que se ducha con ellos. ¿O es algún hermano pequeño que no para de tocar la flauta?
Me sacó una amplia sonrisa quitándome las ganas de irme. Su parloteo me dio a entender que se sentía solo y necesitaba alguien que le escuchase y acompañase.
    Ninguna de las dos. Y la segunda es imposible porque vivo sola.
    Eres muy joven para vivir sola.
    O sea, no vivo sola. Vivo con mi tía, pero nunca está en casa. Algún día te lo contaré.
    Tenemos toda una tarde por delante.
    La biblioteca, Manu.
    Venga ya. En serio, ¿ocurre algo en tu casa?
    No intentes sacar el tem…
    ¿Tienes miedo? — me interrumpió.
    Te confesaré algo. — comenté cambiándole de tema y acercándome a él — Odio la palabra miedo. No la vuelvas a pronunciar.
    Es una palabra horrible. — afirmó sobreactuando.
    No, en serio. Es de esas veces que es de noche en casa, escuchas un ruido y al repetirte a ti mismo un “No tengas miedo”, te provoca pánico.
    Es todo muy psicológico.
    Lo sé, pero aún así…
    Debes de haber pasado una semana mala entonces. — dijo tiernamente.
    Sí.
    Bueno… Ya sabes que si necesitas algo, aquí me tienes. — y colocó las manos en su cintura cansado de la misma postura.
    No me cuadra tu actitud.
    Es normal.
    Me voy, empiezas a darme miedo. — me reí de mí misma y di media vuelta para salir.
    No, espera.
Volví a girarme. ¿No me dejaría ir nunca?
    Puedes quedarte aquí a estudiar. — sugirió metiéndose las manos en los bolsillos—  Prometo no molestar.
    Pero si en el instituto siempre me intentas evitar. ¿Qué pasa contigo?
    No tengo nada que hacer hoy, y voy a aburrirme bastante.
    De acuerdo. Ya que insistes tanto me quedaré, pesado.
    Muy amable por tu parte. — contestó irónico.
De nuevo, dejé caer mi mochila sobre el suelo. Saqué el libro de tecnología y me senté delicadamente en el filo de la cama de nuevo. Él me miró y rió.
    ¿Qué pasa ahora?
    Nada, es que eres señorita para todo. Haz como si estuvieses en tu casa. Será más cómodo para ti y para mí.
Pensándolo bien, no le faltaba razón. Él se levantó y salió de la habitación. En su ausencia, probé un par de posturas, pero ninguna me convencía hasta que me rendí quitándome las manoletinas y tumbándome boca abajo. Entonces escuché su risa otra vez.
    Llevas un rato mirándome desde la puerta, ¿verdad?
    Correcto. Qué lista eres. — y se acomodó en la silla de su escritorio colocando el portátil sobre la mesa.
    ¿No tienes nada que estudiar?
    No tengo ganas, que es diferente. — respondió volviendo a su habitual carácter despreocupado.
    Supongo que nunca las tendrás.
    No dejas de sorprenderme.
    ¿Qué piensas hacer con tu vida?
Manu tardó unos segundo en responder.
    Pues… No lo sé. Ya veré.
    ¿No te cansas de ir a clase y perder horas y horas para nada?
    Son un coñazo.
    Pues aprovéchalas, y cuando apruebes dejarán de existir.
    No todos nacemos con tan buen coco para esto. — Dijo levantándose a por un libro de su mochila. — ¿Ahora haces el papel de madre o qué?
    No, solo preguntaba.
    Claro… — se acomodó a mi lado.
    ¿Cuándo tienes el próximo examen de historia?
    En dos días.
    Venga, estudiemos historia.
    Tú no lo necesitas.
    Pero tú sí, y voy a ayudarte.
El chico estalló en una carcajada sarcástica.
    No necesito la ayuda de nadie. Si no apruebo es porque no me da la gana. No vengas a decirme lo que tengo que hacer.
    Mira que eres idiota. Te contradices a ti mismo. Primero dices que no se te da bien, y ahora que es porque tú no quieres.
    No me calientes la cabeza, Raquel.
    Pues me voy a la biblioteca. Allí no le caliento la cabeza a nadie.
    Encima te pones a la defensiva, tía.
    ¡Pero si has saltado tú!
    Joder… — se levantó lanzando el libro al suelo sin cuidado alguno.
Me coloqué la mochila en mi espalda y me fui de su casa. Menudo idiota, y vaya doble personalidad. No se lo creía ni él. Se las da de duro cuando va con sus amigos, y a solas es un peluche; pero antes de que me dé cuenta de que tiene un poco de corazón, se pone borde. La coincidencia de las cicatrices me llamaba muchísimo la atención, pero no podía con sus cambios de humor.
Al final no fui a la biblioteca para ir acostumbrándome de nuevo a los ruidos de casa y me quedé estudiando allí.


jueves, 9 de mayo de 2013

Capítulo I



3:00 de la mañana. Nadie por las calles.
Mi corto vestido negro dejaba a la luz mi piel de gallina originada por el frío. Las farolas que iluminaban débilmente con tonos amarillentos las calles de Jaén creaban un ambiente de soledad. Sólo quería llegar a casa y dormir. Saqué de mi pequeño bolso un juego de llaves e introduje la correcta en la cerradura de la puerta de mi portal. Una vez dentro entré en calor. Esperé a que bajase el ascensor y me subí. Pulsé el número 3. Dirigí mi mirada hacia el espejo del ascensor y vi mi despeinado pelo y los ojos muy desmaquillados, el rímel se me había corrido junto al lápiz de ojos. Cuando salía de fiesta, me solía pasar un poco, pero aquella noche fue excesivo, exagerado. Me sentía como si flotase y mi cabeza no respondía a lo que le ordenaba. Entonces se abrió el ascensor y al verlo, mis pies se paralizaron. En la oscuridad del rellano había una “persona” vestida completamente de blanco cabizbaja y de pelo lacio largo y negro. Alzó la cabeza y su rostro era totalmente deforme y desencajado. Tenía  la boca abierta y aprecié que no tenía lengua siquiera. Se acercó a mí haciendo que me percatase de un extraño aura helado que desprendía, y pude ver que tenía un cuchillo su mano huesuda. Me agarró del brazo y noté su áspero tacto. Yo, aún en estado de shock y con un nudo en la garganta temblando de miedo, dejé que esa cosa me hiriese con el objeto cortante haciéndome una pequeña raja en el brazo derecho. Entonces me agaché y rodeé mis rodillas con los brazos al tiempo que pegaba el grito más fuerte que había dado en mi vida.

    ¡¡AAAAHHHHHHH!! – tenía el corazón que se me iba a salir del pecho. -  … Oh, dios... – susurré con los ojos abiertos como platos.

Jamás había tenido una pesadilla tan horrible. No entendía por qué razón me pareció tan real aquella criatura. Sus desorbitados ojos me pusieron los pelos de punta.

Algo más despejada, suspiré hondo. Y entonces lo vi, aquella raja seguía en mi antebrazo. Ahogué un nuevo grito, pero me repetí en mi mente que sería una paranoia, la tendría de ayer, me la haría sin querer y ni me enteraría.

Me quedé un tiempo  más sentada en la cama esperando a que mis pulsaciones se relajasen. Cuando me sentí tranquila, encendí el PC para poner música e intentar animarme y olvidar lo ocurrido.

Me vestí con un vestido fino color amarillo pastel aprovechando los últimos días calurosos del otoño. En mi portal me encontré con Diego, el cartero, persona honrada donde las haya. No entendía por qué ese hombre me alegraba las mañanas con una simple sonrisa de amabilidad. Al llegar al instituto me encontré con mis tres amigas que conocía desde la infancia: Victoria, Marina y Rocío.

Nos conocimos porque, a decir verdad, nuestros padres manejaban bastante dinero. Se conocieron en un club de campo y allí me encontré con las tres chicas. Vestíamos siempre de marca y evitábamos las zapatillas de deporte. Sí, éramos ese grupo de niñas pijas repelentes del instituto, pero así empecé mi vida y ya no había marcha atrás.
Cuando cumplí los 14 años empecé a darme cuenta de mi error: nunca fui la persona que de verdad era. No me gustaba mi vida. Mi madre fue siempre muy fan del “qué dirán” y eso me llevó a tener que ser “perfecta”. Perfecta para ella, impidiendo que tuviera mi propia personalidad. Por eso también tendí a relacionarme con gente adinerada, porque era donde se movían mis seres queridos. La gente de mi edad no me odiaba, pero no les caía bien por juntarme con ellas. Por tanto tenía que elegir, o ellas o nadie, y las chicas tampoco eran mala compañía, así que dejé la soledad de lado. Cuando estoy en casa me gusta escuchar otro tipo de música que no va a juego con la personalidad que doy a entender fuera de mi intimidad. Digamos que era una persona falsa. Engañaba a los demás y me engañaba a mí misma. Pero para aquel momento sólo pensaba en mis estudios, en terminar el bachillerato, mudarme a otra ciudad y rehacer mi vida. Por tanto, poco a poco y sin que ellas se dieran cuenta, me fui alejando más del grupo proponiéndome proyectos personales para entretenerme mientras no salía con ellas. Por ejemplo, empecé a aprender a tocar la guitarra. Además hice una lista de excusas muy buena para evitar salir tanto con ellas los fines de semana.

    ¿Cómo estás, Raquel? – me preguntó Victoria procurando no acercarse a mí por mi supuesto resfriado del fin de semana.
    Ah, bien, mucho mejor.
    Tía, no sabes lo que te perdiste el sábado noche… ¡Fue un desfase total!
    Sí, o sea, un fiestón increíble. – intervino Rocío. Cada vez se estaba volviendo más insoportable. Para colmo, se preguntaba por qué no tenía novio.
    ¿Raquel? – me llamó Victoria.
    Sí, sí, un fiestón.
    Te has quedado así como empanada, ¿qué te pasa?
En ese momento aparecen ellos. Los “malotes” del instituto, esos que intentas evitar por la calle cruzándote de acera. Eran cinco, se las daban de chulos pero solo tres de ellos eran los que metían miedo a los niños, y a veces a los no tan niños.  Los otros dos estaban ahí pero podrían no estarlo. Digamos que estaban “de relleno”.
Uno de los chicos “de relleno” chocó su hombro con la espalda de Victoria haciendo que ésta se tambalease.
    ¡Eh!, ¿de qué vas?
El chico la ignoró por completo mientras el resto se reía de ella. El causante del empujón se llamaba Manu. Alto, fuerte pero no muy musculoso, castaño de pelo y ojos verdes como la esmeralda. Vestía con vaqueros cagados y las sudaderas más anchas que encontraba. Era quizás el más pasivo del grupo, pero no soportaba a Victoria. Estuvimos dos años con él en clase, pero repetía curso cuando se le plantaba la oportunidad, por tanto, lo perdimos de vista. En esos años, Manu era un chaval muy normal pero no aguantaba la prepotencia de ella hasta que se lo dijo a la cara, y la reacción de Vic fue un contraataque bastante ofensivo que provocó la pérdida del respeto por parte de ambos.
    ¿Será idiota…? – murmuró Victoria para sus adentros. — En fin, lo que te decía, ¿pasa algo?
    Nada, es que no he dormido casi. Nos vemos en clase. – y me excusé huyendo de ellas. Cada día estaba más segura de que no encajaba en ningún lado.
    ¿Y a ésta qué le pasa? – soltó Rocío con cara de asco. Las otras se encogieron de hombros mostrando su indiferencia.
Fui al cuarto de baño antes de entrar en clase. Abrí la puerta de los aseos y, para mi sorpresa, estaban vacíos y no resaltaba el característico olor a productos de limpieza. Me quedé embobada observando mi reflejo en el único espejo de la habitación, volviendo a recordar el horrible sueño de la noche anterior. Di un respingo al escuchar chirriar las oxidadas bisagras de la puerta. Sin apartar la vista del cristal, vi reflejado a una niña de secundaria entrando. Estaba a salvo. Salí casi corriendo para llegar a tiempo a clase de matemáticas.
No pude atender a ninguna clase esa mañana. Aquella criatura no se me iba de la cabeza. Caí en la cuenta de que esa noche no iba a pegar ojo, ya que vivía aparentemente sola.
A mi padre le surgió un trabajo en París poco antes de verano que no podía rechazar. Así son los negocios. Afortunadamente, y teniendo en cuenta lo mucho que odio el francés, a mis diecisiete años mis padres me consideraban una persona medianamente responsable y se fiaron de mí dejándome estudiar en Jaén. Asimismo, mi solterona y fiestera tía Marta se quedó conmigo a vivir y así me controlaba. El problema estaba en que casi nunca estaba en casa. Si no era por trabajo era porque había conocido algún hombre o se iba con sus amigas por ahí. Y esa noche precisamente no andaría por casa.
Decidí pedirle a Marina que me dejase quedarme a dormir en su casa esa noche, pero me negó poniendo excusas baratas. Mintió. No obstante no me extrañó su falacia, nuestra amistad ya no era, ni de lejos, lo que en un tiempo fue. Ni me molesté en preguntarle a Rocío, no sobreviviría una noche entera de tonterías infantiles y reggaetón de banda sonora.  Tampoco me atreví a preguntarle a Vic, ella actuaría de la misma manera que Marina.
Así que me pasé toda la tarde estudiando y, cuando empezó a anochecer, puse la música a tope para no escuchar los típicos ruidos extraños que te hacen desconfiar de todo cuando te quedas solo en casa, como el crujir de los muebles. Los vecinos tardaron dos minutos en subir a llamarme la atención. Finalmente, opté por ver una película de humor para despejarme y reír un rato. Después de la peli, me quedé totalmente dormida.
De esta manera transcurrió la semana: evitando a mis amigas, si las podía seguir llamando así; estudiando, viendo series y pelis incluyendo la gran tasa de palomitas que devoré y durmiendo. No volví a tener pesadillas desde aquel día.
Cuando llegó el deseado San Viernes, las chicas me propusieron salir de fiesta. No encontré razón para rechazar la oferta, así que por la noche me arreglé y salí a la calle. Quedé con las chicas en un Burguer King que hacía esquina.
    ¡Wow, Raquel! — actuó Rocío — Ese vestido negro te queda de escándalo.
    Yo estoy enamorada de sus tacones. —añadió Victoria. Marina se mantuvo al margen.
    Vosotras estáis preciosas. — contesté sin mentir. Eran guapísimas, pero unas facilonas. No era difícil ligar con ellas, a excepción de Rocío, que los chicos creían que era de usar y tirar, y su inocencia nunca lo entendió.
Fuimos a un pub que estaba a una par de manzanas del punto de encuentro. Las paredes del local eran granates con estampados negros, que cambiaban conforme parpadeaban las luces. Empezamos a bailar, pero decidí alejarme del grupo para pedirme una cerveza. Me fui a bailar con el primer grupo de pijitos que encontré. Me miraban extrañados pero divertidos, y, la verdad, no me importaba lo que pensaran de mí. Esa noche, no. Al rato, volví a la barra para pedirme una copa. Y luego otra, y otra. Y así hasta quedarme con los bolsillos vacíos y perder la vergüenza. Con mi copa en mano, fui bailando metiéndome por todos los grupitos que encontraba y lanzando miradas insinuantes a todo ser que pasase por delante. De repente, alguien me empuja y hace que mi cubata caiga sobre mi vestido. Mis labios formaron una “O” y abrí los ojos de par en par para buscar al culpable. Me encontré con unos ojos verdes preocupados y sorprendidos, al igual que yo.
    Joder, lo siento, tía. — se disculpó el chico gesticulando con las manos sin saber muy bien qué hacer.
    Dios, Manu, me has estropeado el vestido y…
Me interrumpió acercando su boca a mi oído.
    Vale, te debo una, pero hagamos como que esto no ha pasado.
    ¿Para qué? — grité borracha — ¿Para no manchar tu imagen de…?
Me tapó la boca al tiempo que escupía un “Cállate”, y se fue.
Después de unos minutos molesta y sin ganas de moverme más por el pub, busqué entre la gente a mis amigas, con un fracaso absoluto. Salí de aquel lugar, me senté en un banco de la calle y cambié mis tacones por un zapato plano que me diese comodidad.
Eran las tres de la mañana. Hacía mucho frío y no había vida en la ciudad. Me arrepentí de haberme separado del grupo, podría haber vuelto a casa acompañada.
A dos simples calles de mi casa, un grupo de chicos fumaban unos cigarros acompañados de cerveza barata. Mi pulsó se aceleró y aligeré el paso. Conforme me iba acercando, los reconocí y algo en mí hizo que se revolviesen mis tripas de miedo. Uno de ellos vino caminó hacia mí y no hubo manera de evitarle.
    Hola, guapita. — articuló el chico rapado agarrándome del brazo mientras los demás se levantaron del banco para acercarse a mí con sonrisas perversas. — ¿Qué haces tú sola a estas horas?
    Suéltame, por favor.
    ¿Ya te quieres ir? — cuestionó exhalando un olor a tabaco insoportable. — Venga, lo pasaremos bien…
    He dicho que me… — intenté.
    Eh, corta el rollo. — intervino Manu.
    ¿Qué pasa?
    La conozco. Déjala en paz. – insistió sin mover un ápice de su seria postura. Parecía una estatua y su mirada estaba clavada en mí.
Agradecí más que nunca que aquella copa cayese en mi vestido.
Manu se acercó a mí al tiempo que el resto volvieron a su sitio inicial murmurando. Me dio menos miedo que su amigo, pero su mirada era inquietante y algo siniestra.
    Vete antes de que ocurra algo. — me susurró para que el grupo no nos escuchase. En ese momento volví a recordar la pesadilla y me sentí incapaz de volver a casa — Vamos, muévete. — repitió percatándose de mi pasividad.
    Ne – necesito que me devuelvas el favor — tartamudeé, no sé si por el frío o por el miedo.
    Joder… — musitó — ¿Qué quieres?
    Emmm… ¿Podrías acompañarme a casa?
El chico no puedo reprimir una sonrisa sarcástica.
    ¿En serio? — preguntó incrédulo.
Yo asentí avergonzada.
    ¿Dónde vives? – me interrogó con pesadez.
    A dos calles de aquí.
    De acuerdo, pero no te acostumbres a estos favores.
Marchamos y sus amigos gritaban a lo lejos frases referidas al sexo. Puse los ojos en blanco e intenté hacer oídos sordos mientras Manu sonreía. Creo que fue de las pocas veces que vi a ese muchacho sonreír. Siempre fue muy serio.
Cuando doblamos la esquina, rompió el incómodo silencio.
    Si vives aquí al lado, ¿para qué quieres que te acompañe?
    Cosas mías. — me limité a responder.
    ¿Crees que van a violarte o algo? Porque yo podría ser el violador.
    No digas estupideces. — repliqué cabreada.
    Ya, estupideces. — dijo esbozando una pícara sonrisa.
    No estoy de cachondeo, ¿vale? Deja las bromas para otro momento.
Al llegar al portal mis manos temblorosas sostenían las llaves para abrir la puerta. La abrí y me quedé mirándole.
    ¿Y te vas ya? ¿Ni un beso de despedida ni nada?
    Vale, te va a parecer ridículo pero necesito que me acompañes hasta la puerta de mi casa.
Manu frunció el ceño cruzándose de brazos mirándome con recelo.
    Admitirás que lo que me estás pidiendo es muy raro.
    Lo sé, pero te lo pido por favor. – le rogué.
Se mordió el labio inferior.
    Lo haré si me dices a cuento de qué viene todo esto.
Con una ligera sonrisa me di la vuelta sin contestarle. Él, pensando que se arrepentiría, me siguió. Ambos subimos al ascensor y cuando se cerraron las puertas hubo un silencio incómodo. Manu clavó su mirada en mí recorriendo mi cuerpo de arriba abajo y poniéndome cada vez más nerviosa. Cuando llegó al tercero, el ascensor se detuvo. Pánico.
Automáticamente, me tapé los ojos con mis manos y aguanté la respiración. No quería ver qué podría aparecer allí. Las puertas se deslizaron con lentitud hacia la derecha mostrando el oscuro y vacío rellano. Bajé las manos poco a poco comprobando que no había nadie, solo Manu boquiabierto y con semblante preocupado.
    En serio, tienes que contarme qué te pasa.
Huí de aquel claustrofóbico ascensor y abrí la puerta de mi piso, pero antes de cerrar la puerta tras de mí, él dijo:
    ¿Son pesadillas?
Abrí ligeramente la puerta asustada de su acierto.
    Has tenido alguna pesadilla estos días, ¿verdad? — preguntó casi con delicadeza.
Me quedé inmóvil. Y cuando me di la vuelta para pedirle respuestas, él ya se había largado.