3:00
de la mañana. Nadie por las calles.
Mi
corto vestido negro dejaba a la luz mi piel de gallina originada por el frío. Las
farolas que iluminaban débilmente con tonos amarillentos las calles de Jaén creaban
un ambiente de soledad. Sólo quería llegar a casa y dormir. Saqué de mi pequeño
bolso un juego de llaves e introduje la correcta en la cerradura de la puerta
de mi portal. Una vez dentro entré en calor. Esperé a que bajase el ascensor y
me subí. Pulsé el número 3. Dirigí mi mirada hacia el espejo del ascensor y vi
mi despeinado pelo y los ojos muy desmaquillados, el rímel se me había corrido
junto al lápiz de ojos. Cuando salía de fiesta, me solía pasar un poco, pero
aquella noche fue excesivo, exagerado. Me sentía como si flotase y mi cabeza no
respondía a lo que le ordenaba. Entonces se abrió el ascensor y al verlo, mis
pies se paralizaron. En la oscuridad del rellano había una “persona” vestida
completamente de blanco cabizbaja y de pelo lacio largo y negro. Alzó la cabeza
y su rostro era totalmente deforme y desencajado. Tenía la boca abierta y aprecié que no tenía lengua
siquiera. Se acercó a mí haciendo que me percatase de un extraño aura helado
que desprendía, y pude ver que tenía un cuchillo su mano huesuda. Me agarró del
brazo y noté su áspero tacto. Yo, aún en estado de shock y con un nudo en la
garganta temblando de miedo, dejé que esa cosa me hiriese con el objeto
cortante haciéndome una pequeña raja en el brazo derecho. Entonces me agaché y
rodeé mis rodillas con los brazos al tiempo que pegaba el grito más fuerte que
había dado en mi vida.
— ¡¡AAAAHHHHHHH!!
– tenía el corazón que se me iba a salir del pecho. - … Oh, dios... – susurré con los ojos abiertos
como platos.
Jamás
había tenido una pesadilla tan horrible. No entendía por qué razón me pareció
tan real aquella criatura. Sus desorbitados ojos me pusieron los pelos de
punta.
Algo
más despejada, suspiré hondo. Y entonces lo vi, aquella raja seguía en mi antebrazo.
Ahogué un nuevo grito, pero me repetí en mi mente que sería una paranoia, la
tendría de ayer, me la haría sin querer y ni me enteraría.
Me
quedé un tiempo más sentada en la cama
esperando a que mis pulsaciones se relajasen. Cuando me sentí tranquila,
encendí el PC para poner música e intentar animarme y olvidar lo ocurrido.
Me
vestí con un vestido fino color amarillo pastel aprovechando los últimos días
calurosos del otoño. En mi portal me encontré con Diego, el cartero, persona
honrada donde las haya. No entendía por qué ese hombre me alegraba las mañanas
con una simple sonrisa de amabilidad. Al llegar al instituto me encontré con
mis tres amigas que conocía desde la infancia: Victoria, Marina y Rocío.
Nos
conocimos porque, a decir verdad, nuestros padres manejaban bastante dinero. Se
conocieron en un club de campo y allí me encontré con las tres chicas.
Vestíamos siempre de marca y evitábamos las zapatillas de deporte. Sí, éramos
ese grupo de niñas pijas repelentes del instituto, pero así empecé mi vida y ya
no había marcha atrás.
Cuando
cumplí los 14 años empecé a darme cuenta de mi error: nunca fui la persona que
de verdad era. No me gustaba mi vida. Mi madre fue siempre muy fan del “qué
dirán” y eso me llevó a tener que ser “perfecta”. Perfecta para ella,
impidiendo que tuviera mi propia personalidad. Por eso también tendí a
relacionarme con gente adinerada, porque era donde se movían mis seres
queridos. La gente de mi edad no me odiaba, pero no les caía bien por juntarme
con ellas. Por tanto tenía que elegir, o ellas o nadie, y las chicas tampoco eran
mala compañía, así que dejé la soledad de lado. Cuando estoy en casa me gusta
escuchar otro tipo de música que no va a juego con la personalidad que doy a
entender fuera de mi intimidad. Digamos que era una persona falsa. Engañaba a
los demás y me engañaba a mí misma. Pero para aquel momento sólo pensaba en mis
estudios, en terminar el bachillerato, mudarme a otra ciudad y rehacer mi vida.
Por tanto, poco a poco y sin que ellas se dieran cuenta, me fui alejando más
del grupo proponiéndome proyectos personales para entretenerme mientras no
salía con ellas. Por ejemplo, empecé a aprender a tocar la guitarra. Además
hice una lista de excusas muy buena para evitar salir tanto con ellas los fines
de semana.
—
¿Cómo estás, Raquel? –
me preguntó Victoria procurando no acercarse a mí por mi supuesto resfriado del
fin de semana.
—
Ah, bien, mucho mejor.
—
Tía, no sabes lo que
te perdiste el sábado noche… ¡Fue un desfase total!
—
Sí, o sea, un fiestón
increíble. – intervino Rocío. Cada vez se estaba volviendo más insoportable.
Para colmo, se preguntaba por qué no tenía novio.
—
¿Raquel? – me llamó
Victoria.
—
Sí, sí, un fiestón.
—
Te has quedado así
como empanada, ¿qué te pasa?
En
ese momento aparecen ellos. Los “malotes” del instituto, esos que intentas
evitar por la calle cruzándote de acera. Eran cinco, se las daban de chulos
pero solo tres de ellos eran los que metían miedo a los niños, y a veces a los
no tan niños. Los otros dos estaban ahí
pero podrían no estarlo. Digamos que estaban “de relleno”.
Uno
de los chicos “de relleno” chocó su hombro con la espalda de Victoria haciendo
que ésta se tambalease.
— ¡Eh!,
¿de qué vas?
El chico la
ignoró por completo mientras el resto se reía de ella. El causante del empujón
se llamaba Manu. Alto, fuerte pero no muy musculoso, castaño de pelo y ojos
verdes como la esmeralda. Vestía con vaqueros cagados y las sudaderas más
anchas que encontraba. Era quizás el más pasivo del grupo, pero no soportaba a
Victoria. Estuvimos dos años con él en clase, pero repetía curso cuando se le
plantaba la oportunidad, por tanto, lo perdimos de vista. En esos años, Manu
era un chaval muy normal pero no aguantaba la prepotencia de ella hasta que se
lo dijo a la cara, y la reacción de Vic fue un contraataque bastante ofensivo
que provocó la pérdida del respeto por parte de ambos.
—
¿Será idiota…? –
murmuró Victoria para sus adentros. — En fin, lo que te decía, ¿pasa algo?
—
Nada, es que no he
dormido casi. Nos vemos en clase. – y me excusé huyendo de ellas. Cada día
estaba más segura de que no encajaba en ningún lado.
—
¿Y a ésta qué le pasa?
– soltó Rocío con cara de asco. Las otras se encogieron de hombros mostrando su
indiferencia.
Fui al cuarto de baño antes de entrar
en clase. Abrí la puerta de los aseos y, para mi sorpresa, estaban vacíos y no
resaltaba el característico olor a productos de limpieza. Me quedé embobada
observando mi reflejo en el único espejo de la habitación, volviendo a recordar
el horrible sueño de la noche anterior. Di un respingo al escuchar chirriar las
oxidadas bisagras de la puerta. Sin apartar la vista del cristal, vi reflejado
a una niña de secundaria entrando. Estaba a salvo. Salí casi corriendo para
llegar a tiempo a clase de matemáticas.
No pude atender a ninguna clase esa
mañana. Aquella criatura no se me iba de la cabeza. Caí en la cuenta de que esa
noche no iba a pegar ojo, ya que vivía aparentemente sola.
A mi padre le surgió un trabajo en
París poco antes de verano que no podía rechazar. Así son los negocios.
Afortunadamente, y teniendo en cuenta lo mucho que odio el francés, a mis
diecisiete años mis padres me consideraban una persona medianamente responsable
y se fiaron de mí dejándome estudiar en Jaén. Asimismo, mi solterona y fiestera
tía Marta se quedó conmigo a vivir y así me controlaba. El problema estaba en
que casi nunca estaba en casa. Si no era por trabajo era porque había conocido
algún hombre o se iba con sus amigas por ahí. Y esa noche precisamente no
andaría por casa.
Decidí pedirle a Marina que me dejase
quedarme a dormir en su casa esa noche, pero me negó poniendo excusas baratas.
Mintió. No obstante no me extrañó su falacia, nuestra amistad ya no era, ni de
lejos, lo que en un tiempo fue. Ni me molesté en preguntarle a Rocío, no
sobreviviría una noche entera de tonterías infantiles y reggaetón de banda
sonora. Tampoco me atreví a preguntarle
a Vic, ella actuaría de la misma manera que Marina.
Así que me pasé toda la tarde
estudiando y, cuando empezó a anochecer, puse la música a tope para no escuchar
los típicos ruidos extraños que te hacen desconfiar de todo cuando te quedas
solo en casa, como el crujir de los muebles. Los vecinos tardaron dos minutos
en subir a llamarme la atención. Finalmente, opté por ver una película de humor
para despejarme y reír un rato. Después de la peli, me quedé totalmente
dormida.
De esta manera transcurrió la semana:
evitando a mis amigas, si las podía seguir llamando así; estudiando, viendo
series y pelis incluyendo la gran tasa de palomitas que devoré y durmiendo. No
volví a tener pesadillas desde aquel día.
Cuando llegó el deseado San Viernes,
las chicas me propusieron salir de fiesta. No encontré razón para rechazar la
oferta, así que por la noche me arreglé y salí a la calle. Quedé con las chicas
en un Burguer King que hacía esquina.
—
¡Wow, Raquel! — actuó
Rocío — Ese vestido negro te queda de escándalo.
—
Yo estoy enamorada de
sus tacones. —añadió Victoria. Marina se mantuvo al margen.
—
Vosotras estáis
preciosas. — contesté sin mentir. Eran guapísimas, pero unas facilonas. No era
difícil ligar con ellas, a excepción de Rocío, que los chicos creían que era de
usar y tirar, y su inocencia nunca lo entendió.
Fuimos a un pub que estaba a una par de
manzanas del punto de encuentro. Las paredes del local eran granates con
estampados negros, que cambiaban conforme parpadeaban las luces. Empezamos a
bailar, pero decidí alejarme del grupo para pedirme una cerveza. Me fui a
bailar con el primer grupo de pijitos que encontré. Me miraban extrañados pero
divertidos, y, la verdad, no me importaba lo que pensaran de mí. Esa noche, no.
Al rato, volví a la barra para pedirme una copa. Y luego otra, y otra. Y así
hasta quedarme con los bolsillos vacíos y perder la vergüenza. Con mi copa en
mano, fui bailando metiéndome por todos los grupitos que encontraba y lanzando
miradas insinuantes a todo ser que pasase por delante. De repente, alguien me
empuja y hace que mi cubata caiga sobre mi vestido. Mis labios formaron una “O”
y abrí los ojos de par en par para buscar al culpable. Me encontré con unos
ojos verdes preocupados y sorprendidos, al igual que yo.
—
Joder, lo siento, tía.
— se disculpó el chico gesticulando con las manos sin saber muy bien qué hacer.
—
Dios, Manu, me has
estropeado el vestido y…
Me interrumpió acercando su boca a mi
oído.
—
Vale, te debo una,
pero hagamos como que esto no ha pasado.
—
¿Para qué? — grité
borracha — ¿Para no manchar tu imagen de…?
Me tapó la boca al tiempo que escupía
un “Cállate”, y se fue.
Después de unos minutos molesta y sin
ganas de moverme más por el pub, busqué entre la gente a mis amigas, con un fracaso
absoluto. Salí de aquel lugar, me senté en un banco de la calle y cambié mis
tacones por un zapato plano que me diese comodidad.
Eran las tres de la mañana. Hacía mucho
frío y no había vida en la ciudad. Me arrepentí de haberme separado del grupo,
podría haber vuelto a casa acompañada.
A dos simples calles de mi casa, un
grupo de chicos fumaban unos cigarros acompañados de cerveza barata. Mi pulsó
se aceleró y aligeré el paso. Conforme me iba acercando, los reconocí y algo en
mí hizo que se revolviesen mis tripas de miedo. Uno de ellos vino caminó hacia
mí y no hubo manera de evitarle.
—
Hola, guapita. —
articuló el chico rapado agarrándome del brazo mientras los demás se levantaron
del banco para acercarse a mí con sonrisas perversas. — ¿Qué haces tú sola a
estas horas?
—
Suéltame, por favor.
—
¿Ya te quieres ir? —
cuestionó exhalando un olor a tabaco insoportable. — Venga, lo pasaremos bien…
—
He dicho que me… —
intenté.
—
Eh, corta el rollo. —
intervino Manu.
—
¿Qué pasa?
—
La conozco. Déjala en
paz. – insistió sin mover un ápice de su seria postura. Parecía una estatua y
su mirada estaba clavada en mí.
Agradecí más que nunca que aquella copa
cayese en mi vestido.
Manu se acercó a mí al tiempo que el
resto volvieron a su sitio inicial murmurando. Me dio menos miedo que su amigo,
pero su mirada era inquietante y algo siniestra.
—
Vete antes de que
ocurra algo. — me susurró para que el grupo no nos escuchase. En ese momento
volví a recordar la pesadilla y me sentí incapaz de volver a casa — Vamos,
muévete. — repitió percatándose de mi pasividad.
—
Ne – necesito que me
devuelvas el favor — tartamudeé, no sé si por el frío o por el miedo.
—
Joder… — musitó — ¿Qué
quieres?
—
Emmm… ¿Podrías
acompañarme a casa?
El chico no puedo reprimir una sonrisa
sarcástica.
— ¿En
serio? — preguntó incrédulo.
Yo asentí avergonzada.
—
¿Dónde vives? – me
interrogó con pesadez.
—
A dos calles de aquí.
—
De acuerdo, pero no te
acostumbres a estos favores.
Marchamos y sus amigos gritaban a lo
lejos frases referidas al sexo. Puse los ojos en blanco e intenté hacer oídos
sordos mientras Manu sonreía. Creo que fue de las pocas veces que vi a ese
muchacho sonreír. Siempre fue muy serio.
Cuando doblamos la esquina, rompió el
incómodo silencio.
—
Si vives aquí al lado,
¿para qué quieres que te acompañe?
—
Cosas mías. — me
limité a responder.
—
¿Crees que van a
violarte o algo? Porque yo podría ser el violador.
—
No digas estupideces.
— repliqué cabreada.
—
Ya, estupideces. —
dijo esbozando una pícara sonrisa.
—
No estoy de cachondeo,
¿vale? Deja las bromas para otro momento.
Al llegar al portal mis manos
temblorosas sostenían las llaves para abrir la puerta. La abrí y me quedé
mirándole.
— ¿Y te
vas ya? ¿Ni un beso de despedida ni nada?
— Vale,
te va a parecer ridículo pero necesito que me acompañes hasta la puerta de mi
casa.
Manu
frunció el ceño cruzándose de brazos mirándome con recelo.
—
Admitirás
que lo que me estás pidiendo es muy raro.
—
Lo
sé, pero te lo pido por favor. – le rogué.
Se mordió el labio inferior.
—
Lo
haré si me dices a cuento de qué viene todo esto.
Con una ligera sonrisa me di la vuelta sin contestarle. Él,
pensando que se arrepentiría, me siguió. Ambos subimos al ascensor y cuando se
cerraron las puertas hubo un silencio incómodo. Manu clavó su mirada en mí
recorriendo mi cuerpo de arriba abajo y poniéndome cada vez más nerviosa.
Cuando llegó al tercero, el ascensor se detuvo. Pánico.
Automáticamente, me tapé los ojos con mis manos y aguanté la
respiración. No quería ver qué podría aparecer allí. Las puertas se deslizaron
con lentitud hacia la derecha mostrando el oscuro y vacío rellano. Bajé las
manos poco a poco comprobando que no había nadie, solo Manu boquiabierto y con
semblante preocupado.
—
En
serio, tienes que contarme qué te pasa.
Huí de aquel claustrofóbico ascensor y abrí la puerta de mi
piso, pero antes de cerrar la puerta tras de mí, él dijo:
—
¿Son
pesadillas?
Abrí ligeramente la puerta asustada de su acierto.
—
Has
tenido alguna pesadilla estos días, ¿verdad? — preguntó casi con delicadeza.
Me quedé inmóvil. Y cuando me di la vuelta para pedirle
respuestas, él ya se había largado.
¡Hola! Soy la chica de im-a-fucking-duck, aunque ahora es otro link, pero bueno, lo que importa ahora es tu novela JAJAJA
ResponderEliminarMe encanta, no sé, la veo muy prometedora y la verdad es que me ha dado intriga el "ser" del principio, espero que la continúes pronto porque es muy aksldfjañsdlfas *-* Espero que te vaya muy bien con ella ^·^
Muchísimas gracias! :D
EliminarEspero poder subir capítulos a menudo.
Un beso enorme <3
Me gusta bastante *_* Tu manera de expresar las cosas me encantan !! Tienes futuro de escritora :D Besoos <3
ResponderEliminarAwww, mil gracias! :DD Besotes!<3
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