Aquella noche no pegué ojo. Vi cómo las agujas del
reloj giraban y giraban como una noria eterna. ¿Cómo sabía lo de la pesadilla?
Me inquietaba bastante y solo pensaba en lo mucho que necesitaba hablar con él
sobre ello.
Después de dos noches sin descansar, la tercera
dormí como un tronco y, a la mañana siguiente, que era lunes, casi llego tarde
a clase. Tras una pesada clase de física, en cuanto sonó la sirena del cambio
de clase, salí la primera de allí y me apresuré dirigiéndome a la clase de 1ºC
de bachillerato. Vi a Manu saliendo con el móvil en la mano sin percatarse de
mi presencia. Al alzar su cabeza y verme justo al lado de él, pareció quedarse
bloqueado.
— Hola,
necesito hablar contigo.
— ¿Sobre
qué? — dijo con desinterés.
— Ya
lo sabes. No te hagas el loco.
El chico movió la cabeza mirando de derecha a
izquierda y comprobando que no había mucha gente en esa zona del pasillo. Sacó
un boli azul del bolsillo de sus vaqueros y cogió mi mano, gesto que provocó un
ligero nerviosismo en mí. Posó la punta del bolígrafo sobre mi piel haciéndome
cosquillas y escribió un número de teléfono.
— Llámame
y quedamos cuando puedas. — y se esfumó.
Aquella mañana pareció no querer terminar nunca y llegué
a casa sin ganas de comer. Allí estaba mi tía Marta con dos buenos platos de
pollo.
— ¿Qué
tal, chiqui?
— Bien,
cansada. Hoy no tengo hambre, la verdad…
— Tienes
que comer. No tengas ese pensamiento estúpido que tienen las adolescentes.
Estarías horrible en los huesos, así que venga, aunque sea un poco, que hace
tiempo que no estamos juntas. Además, me voy pronto que tengo cosas que hacer.
— De
acuerdo…
Mientras vertía agua en mi vaso, escuché en las
noticias de la televisión:
<<Se han producido dos extrañas muertes en la
localidad de Jaén. Un hombre de 45 años y una joven de 19, cada uno en sus
respectivas casas y sin indicios de haber sido asesinados. Los forenses no han
obtenido pruebas sobre el origen de las muertes. Ninguno padecía enfermedades.
Les estaremos informando más adelante. >>
Aquella noticia me dejo muy mal sabor de boca. Le
pedí a mi tía que cambiase de canal y mantuvimos una conversación normal
durante la comida.
Media hora después de terminar, me despedí de ella y
fui a mi cuarto, tirándome en la cama. Esa tarde tenía que estudiar tecnología,
pero la idea de hablar con Manu superaba con creces el primer plan. Así que,
traicionando un poco a mi responsabilidad, cogí el móvil y marqué el número
apuntado en el revés de mi mano. Antes de pulsar el botón verde de “llamar”, lo
guardé en la agenda. Me daba algo de vergüenza llamarlo, por lo que le mandé un
mensaje. A los dos minutos recibí uno de vuelta con la dirección de su casa.
Algo en mi estómago empezó a agitarse. ¿Realmente podía fiarme de él? Aunque,
al fin y al cabo, no parecía mala persona. Cogí mi mochila y salí de casa.
Vivía en un barrio humilde de calles algo estrechas.
Al aproximarme a su portal vi que era un edificio estrecho, pero muy alto, de
fachada marrón oscuro. Llamé al porterillo y sonó un tono muy irritante. Manu
me abrió sin preguntar siquiera quién era. Subí las escaleras, ya que se
trataba de un primer piso, y llamé al timbre. Manu abrió la puerta y con una
sonrisa que no pensé que sacaría me dijo:
— Qué
rápida. Pasa — y se hizo a un lado para que yo pasase.
— ¿Estamos
solos o vives con alguien?
— Vivo
solo. — contestó al tiempo que cerraba la puerta principal.
El piso era diminuto y cómodo. Conforme entrabas, a
la izquierda encontrabas una pequeña y coqueta cocina con azulejos blancos y
azules oscuros; a la derecha un comedor con muebles negros y rojos; en frente
un corto pasillo que te llevaba a tres direcciones: a la izquierda su
habitación, en frente un cuarto de baño, y a la derecha una habitación cerrada
que deduje que utilizaría como trastero. Me sorprendió lo limpio y ordenado que
tenía todo y lo bien que olía. Fue entonces cuando vi un claro ejemplo de no
juzgar un libro por su portada.
Me llevó a su cuarto, que estaba lleno de posters
musicales. Me llamó la atención que casi todos los que tenía colgados eran de
mis grupos favoritos. Él se sentó en la cama y yo lo imité.
— Bueno,
Raquel, habrás venido para algo.
— Sí,
sí. — contesté rápidamente. Me había quedado embobada mirando sus paredes. Fue
directa al grano. — Emm… Solo quería preguntarte cómo sabías lo de la
pesadilla.
Él curvó su boca en forma de media sonrisa.
— Entonces,
¿era eso? ¿Una pesadilla?
— ¿Te
estás riendo de mí? — me ofendí. — No
soy idiota. Lo dijiste muy serio. No pareció una simple casualidad.
— Vale,
vale, no te pongas así. La verdad es que lo supuse en cuanto vi tu brazo.
— ¿Mi
brazo?
— Sí.
— me tomó de la muñeca remangándome la manga de la rebeca y dejando a la luz
aquella horrible cicatriz curvada.
— ¿Qué
tiene que ver esto con…? — me callé al ver que él se retiró la muñequera que
llevaba en el antebrazo y mostró que tenía exactamente la misma cicatriz que la
mía. Tardé unos segundos en reaccionar. No podía creerlo.
— Creo
que ambos hemos tenido ese sueño y… Ninguno de los dos entiende por qué.
— Estoy
muy confusa, Manu. Es prácticamente imposible una casualidad como esta.
— ¿De
verdad crees que solo ha sido casualidad?
No imaginaba que su fuera a poner tan profundo,
aunque en cierto modo parecía que se estaba quedando conmigo y mi inocencia. Le
intenté buscar un sentido a todo aquello, pero no podía amarrar el asunto por ningún lado. Apoyé mi brazo junto
al suyo para volver a comprobar la similitud de aquellas marcas y eran iguales.
— Esto
me da miedo.
— Y
a mí. — confesó.
— ¿Conoces
a alguien que le haya ocurrido?
— No.
Sólo a ti. Si no fuese así, no estarías aquí ahora mismo.
Permanecimos unos segundos en silencio sin saber qué
decir, hasta que me vino a la mente una duda que siempre tuve.
— Oye,
¿puedo hacerte una pregunta?
— Claro.
— Yo…
¿te caigo mal?
— ¿Cómo?
– se extrañó — No te conozco a penas.
— No
me refiero a eso. Siempre hay gente que, aunque no conozcas, o te parecen majos
o no los tragas. ¿Dónde me situarías tú?
— La
verdad duele. ¿Quieres saberlo?
— Con
eso ya lo has dicho todo.
— No,
no he terminado. No me caes mal, solo que… Eres rara.
— ¿Rara?
— repetí con cara de pocos amigos.
— A
ver, me explico. No rara de bicho raro, sino que te juntas con esas pijitas
tontas cuando se ve de lejos que no pegas con ellas. Pones cara de pocos amigos
cuando vas con ellas. ¿Por qué lo haces?
Aquella respuesta no me la imaginaba así y me dejó en
blanco.
— Pues
porque… Pensé que por juntarme con ellas no caía bien a la gente, y que me
excluirían de cualquier grupo. — me sinceré.
— ¿Excluirte?
Ni siquiera has intentado a integrarte en un grupo.
— A
veces pienso que estoy mejor sola.
— Todos
pensamos eso alguna vez, pero pocos lo sienten de verdad.
Vale, su actitud empezaba a asustarme y fascinarme
al mismo tiempo. Decía cosas muy profundas, y no era esa imagen la que él solía
dar por ahí. También observé que rara vez me miraba directamente a los ojos.
Solía mirar al frente observando por el rabillo del ojo mis reacciones. Se
mostraba tímido pero no tenía problemas a la hora de decir lo que pensaba.
— Vaya…
— fue lo único que pude decir.
— ¿Y
yo?
— ¿Tú
qué? — cuestioné animada. Empezaba a sentirme a gusto con él.
— Si
te caigo bien o no.
— Hombre…
A decir verdad, eres raro.
— Qué
original.
— Tampoco
te pega tu personalidad con el grupo en el que estás.
— Son
buena compañía si te llevas bien con ellos. Además, me gusta que me respeten, y
con ellos sin duda el respeto lo tengo garantizado.
— Y
el miedo.
— Venga,
Raquel, yo no doy miedo a nadie. ¿A quién quieres engañar?
— Así
que lo haces por la imagen. — concluí.
— No.
No es exactamente la imagen. No sé cómo explicarlo.
— Pues
ya me lo contarás en otro momento.
Me levanté de la cama pero Manu me detuvo.
— ¿Ya
te vas?
— Bueno,
pensaba venir a preguntarte sobre lo de las pesadillas. Pero ya que está todo zanjado
y sin respuestas, tengo que ir a la biblioteca a estudiar.
— ¿Con
quién vas? — curioseó mientras él también se ponía en pie.
— Con…
Nadie. Voy sola.
— ¿Vas
siempre allí a estudiar sola?
— Llevo
una semana yendo. Sí.
— ¿No
prefieres quedarte en tu casa?
— ¿Qué
más te da? Eres un cotilla.
— Dime,
¿son los vecinos que no te dejan estudiar? Mi vecina de arriba se pasa el día
con los tacones puestos. Juraría que se ducha con ellos. ¿O es algún hermano
pequeño que no para de tocar la flauta?
Me sacó una amplia sonrisa quitándome las ganas de
irme. Su parloteo me dio a entender que se sentía solo y necesitaba alguien que
le escuchase y acompañase.
— Ninguna
de las dos. Y la segunda es imposible porque vivo sola.
— Eres
muy joven para vivir sola.
— O
sea, no vivo sola. Vivo con mi tía, pero nunca está en casa. Algún día te lo
contaré.
— Tenemos
toda una tarde por delante.
— La
biblioteca, Manu.
— Venga
ya. En serio, ¿ocurre algo en tu casa?
— No
intentes sacar el tem…
— ¿Tienes
miedo? — me interrumpió.
— Te
confesaré algo. — comenté cambiándole de tema y acercándome a él — Odio la
palabra miedo. No la vuelvas a pronunciar.
— Es
una palabra horrible. — afirmó sobreactuando.
— No,
en serio. Es de esas veces que es de noche en casa, escuchas un ruido y al
repetirte a ti mismo un “No tengas miedo”, te provoca pánico.
— Es
todo muy psicológico.
— Lo
sé, pero aún así…
— Debes
de haber pasado una semana mala entonces. — dijo tiernamente.
— Sí.
— Bueno…
Ya sabes que si necesitas algo, aquí me tienes. — y colocó las manos en su
cintura cansado de la misma postura.
— No
me cuadra tu actitud.
— Es
normal.
— Me
voy, empiezas a darme miedo. — me reí de mí misma y di media vuelta para salir.
— No,
espera.
Volví a girarme. ¿No me dejaría ir nunca?
— Puedes
quedarte aquí a estudiar. — sugirió metiéndose las manos en los bolsillos— Prometo no molestar.
— Pero
si en el instituto siempre me intentas evitar. ¿Qué pasa contigo?
— No
tengo nada que hacer hoy, y voy a aburrirme bastante.
— De
acuerdo. Ya que insistes tanto me quedaré, pesado.
— Muy
amable por tu parte. — contestó irónico.
De nuevo, dejé caer mi mochila sobre el suelo. Saqué
el libro de tecnología y me senté delicadamente en el filo de la cama de nuevo.
Él me miró y rió.
— ¿Qué
pasa ahora?
— Nada,
es que eres señorita para todo. Haz como si estuvieses en tu casa. Será más
cómodo para ti y para mí.
Pensándolo bien, no le faltaba razón. Él se levantó
y salió de la habitación. En su ausencia, probé un par de posturas, pero
ninguna me convencía hasta que me rendí quitándome las manoletinas y tumbándome
boca abajo. Entonces escuché su risa otra vez.
— Llevas
un rato mirándome desde la puerta, ¿verdad?
— Correcto.
Qué lista eres. — y se acomodó en la silla de su escritorio colocando el
portátil sobre la mesa.
— ¿No
tienes nada que estudiar?
— No
tengo ganas, que es diferente. — respondió volviendo a su habitual carácter
despreocupado.
— Supongo
que nunca las tendrás.
— No
dejas de sorprenderme.
— ¿Qué
piensas hacer con tu vida?
Manu tardó unos segundo en responder.
— Pues…
No lo sé. Ya veré.
— ¿No
te cansas de ir a clase y perder horas y horas para nada?
— Son
un coñazo.
— Pues
aprovéchalas, y cuando apruebes dejarán de existir.
— No
todos nacemos con tan buen coco para esto. — Dijo levantándose a por un libro
de su mochila. — ¿Ahora haces el papel de madre o qué?
— No,
solo preguntaba.
— Claro…
— se acomodó a mi lado.
— ¿Cuándo
tienes el próximo examen de historia?
— En
dos días.
— Venga,
estudiemos historia.
— Tú
no lo necesitas.
— Pero
tú sí, y voy a ayudarte.
El chico estalló en una carcajada sarcástica.
— No
necesito la ayuda de nadie. Si no apruebo es porque no me da la gana. No vengas
a decirme lo que tengo que hacer.
— Mira
que eres idiota. Te contradices a ti mismo. Primero dices que no se te da bien,
y ahora que es porque tú no quieres.
— No
me calientes la cabeza, Raquel.
— Pues
me voy a la biblioteca. Allí no le caliento la cabeza a nadie.
— Encima
te pones a la defensiva, tía.
— ¡Pero
si has saltado tú!
— Joder…
— se levantó lanzando el libro al suelo sin cuidado alguno.
Me coloqué la mochila en mi espalda y me fui de su
casa. Menudo idiota, y vaya doble personalidad. No se lo creía ni él. Se las da
de duro cuando va con sus amigos, y a solas es un peluche; pero antes de que me
dé cuenta de que tiene un poco de corazón, se pone borde. La coincidencia de
las cicatrices me llamaba muchísimo la atención, pero no podía con sus cambios
de humor.
Al final no fui a la biblioteca para ir
acostumbrándome de nuevo a los ruidos de casa y me quedé estudiando allí.
¡Hola Patri!
ResponderEliminar¿Me permites que te haga una crítica a modo constructiva? Yo también tengo por ahí alguna que otra historia guardada en los rincones más oscuros de mi ordenador, y me gustaría darte unos consejos que he aprendido con mi escasísima y paupérrima experiencia:
El primero, que se lo leí a una autora ya consagrada como es Laura Gallego, es que cuando empieces a escribir una historia tengas el argumento entero bien planteado, o por lo menos, los hechos más importantes de la historia. Imagínatelo como si fueses una arquitecta haciendo una casa, y cuando ya llevases más de media dijeras "No me convence, la tiramos abajo y volvemos a empezar". A mí me pasa que conforme estoy escribiendo se me van ocurriendo ideas nuevas que, por supuesto, ¡no voy a dejar de incluir si las considero buenas porque ya haya empezado a escribir! Pero eso sí, tienes que saber a dónde van a ir a parar cada una de las cosas que pasan. No puedes empezar hablando, imagínate, de drácula, y acabar con pinocho xD O sí, pero tendrás que tenerlo todo atado y más que atado para que la historia cuadre y no quede ningún cabo suelto, ni ningún personaje.
Debes darle más forma a tus personajes; a ver, me explico: algunas situaciones, y sobre todo, las reacciones de cada personaje a estas en según qué momentos quedan a mi entender un poco surrealistas. Por ejemplo, la primera escena (vale que esta tiene que ser fantástica por fuerza porque si no no tendrías argumento), pero yo me encuentro un espectro, ni siquiera eso, a una persona normal y corriente, esperándome en la puerta de mi casa con un cuchillo, y lo primero que hago es gritar como una posesa y despertar a todo el bloque, no quedarme parada mirando si se deciden o no a matarme... ¡llámame rara!
Dale una explicación lógica y simple a las cosas que se salen de la realidad o lo cotidiano; cuanto más SIMPLE, mejor. Esto ya es más personal, pero para mi gusto, es mucho más fácil convencer a alguien con un argumento sólido y sencillo que si empiezas a darle vueltas y más vueltas al asunto (lo que no quiere decir que tengas que quitarle el misterio a por qué es algo así si lo quieres). Te pondré un ejemplo sobre tu propia historia: tanto Manu como Raquel viven solos. No sabemos qué edad tiene Manu, pero Raquel tiene 17, y por tanto él debe de tener 2, 3, ó 4 más (no creo que mucho más si sigue llendo al instituto, considerando que el número de veces que puedes repetir cursos en la ESO y bachillerato es limitado). Que Manu viva sólo, pase; los dos, me parece casi un milagro para la edad y la situación. Si fuesen mayores, o universitarios, quizás no me sería tan raro de entender, mucha gente cambia de ciudad y vive sola cuando va a estudiar la carrera, pero en bachillerato y con 17... Yo no sé tus padres, pero los míos me hubieran mandado con la tía Marta a vivir directamente, o ella se hubiera mudado conmigo si no. Dejarte sola... creíble, tampoco es para tanto, pero no es la opción más fácil de creer.
No te precipites ni aceleres el "curso normal" de las cosas. A veces tenemos una idea que nos gusta tanto, que estamos deseando escribirla, y tendemos a acelerar las cosas y las forzamos para que pase ya. Con esto me refiero a todo: relaciones interpersonales, acciones que desencadenan otras... Seamos realistas: no te enamoras perdidamente de nadie ni sabes que es la persona de tu vida conociéndolo desde hace una semana, por mucha atracción que sientas por esa persona, ni te secuestran y te liberan en media hora...
Como última aportación y por si te sirve, te aconsejo que no cambies nada de lo que ya tengas escrito hasta que la historia esté acabada; si no siempre escribirás una y otra vez las partes que no te convenzan y no avanzarás en la historia.
Esta es sólo la opinión de una lectora aficionada, y aún más inexperta escritora; sigue así porque la historia me parece muy buena y le veo muy buen futuro. No pienses que he escrito tanto porque no me haya gustado, ¡más bien al revés! Mucho ánimo y escribe rápido, que estoy deseando leer más de Raquel y Manu.
¡Un saludo!
¡Buenas, Sara!
EliminarRealmente agradezco mucho tu comentario.
En principio la historia la tengo terminada en mi cabeza. No quedan cabos sueltos ni nada.
Por otra parte, la escena del ascensor es un sueño, y no sé si a ti te pasará pero en los sueños aparecen cosas raras y no actuamos como de costumbre. De todas formas necesitaba incluir lo de la cicatriz, y si Raquel se hubiera vuelto loca gritando y huyendo, aquel ser no la podría haber rajado. D:
Al tema de que la prota viva sola con 17 también le di bastantes vueltas. No te falta razón, es incoherente, solo que necesitaba que viviese sola para algunas situaciones de la historia. Pero he pensado que podría vivir con su tía y que ésta casi siempre estuviese trabajando, o algo por el estilo.
Y respecto a lo de enamorarse... Se ve de lejos que ellos dos terminarán juntos, intentaré que se gusten poco a poco, sin precipitaciones.
Muchísimas gracias por molestarte en darme estos consejos que me van a ser muy útiles, de verdad. :)
¡Un abrazo!
Ahora que te he soltado toda la parrafada, se me olvidó el consejo más importante: es TU historia. Escríbela como te dé la gana y no te dejes influenciar por la opinión de los demás ;)
EliminarP.D.: Touché, los sueños son incoherentes.
¡Mucho ánimo!
Estoy ya deseando que pongas el tercer capitulo :)
ResponderEliminarLlevamos esperando desde mayo... ¡MAYO! Espero que no hayas abandonado la historia :( ¡No nos tortures más y sube pronto el siguiente capítulo!
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